enero 20, 2011

Capítulo 16 " Sabor agri-dulce "

La siguiente carta que conservaba, la escribí poco antes de aquella amarga noche en la que el destino me alejó aún más de mi otra mitad y decía así:
            (Amada mía: Han ocurrido muchos acontecimientos por aquí desde que llegué y por los rumores que circulan, pronto habrá movimientos. Por tanto, mi dulce flor, has de saber que mi futuro se vuelve ahora más incierto que nunca y mi ansiedad se extrema al pensar que algo me ocurra, que ya no vea más tus ojos, que no vuelva a oler tu aroma, a sentir ese cosquilleo en el estómago cuando me llamabas o te veía en la lejanía. Si algún día puedes leer esto, amada mía, has de saber que lo que siento por ti y sentiré, jamás ningún hombre podrá igualarlo. 
Vivo sin vivir en mí, pues mis ojos te buscan en las estrellas y me parece ver tu cara reflejada en el firmamento.
Sin más deseos que los de volver pronto a tu lado, a acariciar tu tersa piel y a tocar tus suaves cabellos, te dejo con estas breves pero intensas palabras que las escribe mi corazón.
Siempre Tuyo, Daniel. ) 

Tenía que convencerme muy a mi pesar, que pasaríamos el resto de nuestros días allí, en la isla.
La joven líder de aquel grupo de diosas, se mostraba un tanto atraída por mí desde hacía tiempo.
Se comportaba en una forma muy cariñosa conmigo, su nombre era Praxis.
Era una chica de unos veinticuatro o veinticinco años aproximadamente. Sus ojos eran de color esmeralda con largas pestañas, cabellos negros y ondulados que descansaban sobre el fin de su espalda, su piel de un color dorado intenso.
Tenía esa mirada cautivadora que le daba el poder de conseguir lo que quisiese.
Cuando me hablaba, arqueaba una ceja y ese gesto me hacía enloquecer. Observé que no lo usaba con nadie más y eso aumentaba mi casi desaparecida autoestima.
Su cuerpo era de una estatura considerable, aproximadamente un metro y ochenta centímetros, de complexión atlética, senos firmes y redondos del tamaño de un pomelo, músculos muy definidos en las piernas y los brazos. Su abdomen era plano y fuerte recordándome a aquellas onzas de chocolate que vendían en la feria de mi pueblo.
Andaba todo el día subiendo y bajando árboles, persiguiendo animales salvajes, por lo que era lógico aquel estado de forma física.
A mi me gustaba de vez en cuando apartarme de todos. Me iba a la playa, junto al viejo vagón que nos llevó hasta allí, para reflexionar y pensar en alguna remota posibilidad de volver a casa. Allí leía mis viejas cartas a Nassay y lloraba en soledad todo lo que quería.
Un día, Praxis fue a buscarme a la playa y allí estaba yo, junto al viejo vagón, como siempre.
Me preguntó el porqué de mi soledad, de mi tristeza y melancolía, cuando mis amigos eran felices con varias mujeres he incluso tenían ya hijos con ellas. Praxis sentía mucha curiosidad por saber por qué yo no era como ellos y en una forma muy dulce estaba tratando de aliviar mi pena.

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