enero 25, 2011

Capítulo 20 " Soltando amarras "

Llegó el gran día, la nave estaba lista para formar parte de mi regreso. Llena de alimentos, agua potable, pieles y otros útiles indispensables.
Al amanecer de aquella mañana, nos apresuramos a partir intentando evitar en lo posible las tristes despedidas, pero fue en vano.
En seguida empezó aquello a llenarse de mujeres llorando, mis compañeros abrazándome y tratando un último intento de convencerme, dándome consejos absurdos, en fin una larga e inevitable despedida.
- ¡Odio las despedidas! ¡ Soltad las amarras !  - grité acongojado.
Y aquella gran balsa comenzó a ser empujada por todos y todas hasta salvar el rompeolas.
Al poco tiempo la isla se iba haciendo más y más pequeña hasta que la perdimos de vista.
En el horizonte infinito, tan solo veíamos el azul del cielo uniendose con el océano y un silencio profundo nos rodeaba.
El mar estaba en calma, soplaba una ligera brisa que acariciabalas las velas y nos empujaba suavemente hacia mar adentro.
Praxis agarraba el timón mientras yo tensaba alguna vela y la pequeña Nassay correteaba de proa a popa detrás de una especie de calabaza que rodaba por la cubierta de la barca.
Cuando caímos en la cuenta de que estábamos rodeados completamente por el océano, ya al atardecer, nos entró un poco de miedo o inseguridad, tal vez, no sé si fue algo de pánico quizás.
Los días pasaban y navegábamos por el profundo océano sin rumbo determinado, a merced del destino.
Pasando las semanas encima de aquellas maderas , tratando de distraernos todo lo posible para no pensar en la posibilidad de que podíamos morir allí.
Una mañana temprano, diez días después de partir, pude oir a las gaviotas graznar en la lejanía y me levanté rápidamente dirigiéndome a estribor, agudizando la vista, me pareció ver un bulto a lo lejos.
- ¡ Tierra ! - le grité a Praxis varias veces. ¡ Puedo ver tierra!
Necesitaba que ella también lo viese, pues dudaba de que fuera una ilusión provocada por tantos días en el mar, pero mi compañera se acercó a mi y abrazándome fuertemente me dijo: - ¡Lo hemos conseguido!
Poco a poco nos fuimos acercando a aquel lugar y menos de una hora, divisamos lo que parecía ser un puerto.
Uno muy transitado, debía de ser importante por la cantidad de barcos que habían allí amarrados.
Al fin, tras casi dos semanas de calamidades, gracias al cielo pude llevar a mi familia a un continente civilizado. Pero mi preocupación no acababa ahí, me preguntaba si les gustaría aquello y si llegarían a vivir felices junto a mi.
Durante el tortuoso trayecto, traté de explicarle a Praxis las ventajas e inconvenientes de las ciudades y pueblos, aunque en otras ocasiones le hablé de nuestras costumbres, de que allí la gente iba vestida y normalmente no se subían a los árboles, traté de recordarle todo eso antes de atracar en el puerto. Mi intención era prevenirla de todas aquellas torturas discriminatorias y xenófobas que podía sufrir.
Les preparé unos vestidos con las pieles que traíamos para dormir y bromeábamos con el aspecto de unos y otros.
Amarré la balsa al muelle y acordé que iría a enterarme del sitio en el que estábamos y a traer unas telas más frescas para que pudiese vestirse más cómodamente. La pequeña quiso acompañarme y Praxis insistió en que me la llevara. Ella aguardaría sola en la barcaza hasta que yo regresara con las telas y algo de fruta fresca.

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