enero 27, 2011

Capítulo 23 " Del oeste al norte "

Había pasado un buen rato y el tren marchaba deprisa, pero en un instante el maquinista hizo sonar el silbato y me asomé entreabriendo un poco la gran puerta del vagón para ver si nos acercábamos a alguna estación. Y al momento de asomar un poco la cara pude leer el nombre de una estación por la que pasábamos y según creía estábamos en la dirección correcta, por lo que cerré nuevamente la puerta y me sentí más tranquilo.
Me acerqué a Nassay y le ofrecí una naranja que cogí de la tienda. Se puso a jugar con ella, pues no sabía lo que era. Se la pelé y se la dí a trozos pequeños. Al principio puso la cara estirada, las comisuras de los labios le llegaban a las orejas y un par de lágrimas le asomaron por el rabillo de los ojos. A mí me dio la risa, pero parece que aunque estaba algo ácida le gustaba, pues me pedía más.
Allí escondido en ese tren me sentía más un bandido que un veterano de guerra, pero lo importante es que pudiese llegar al pueblo y estar con mi familia.
 Unas horas más tarde, el tren comenzó a detenerse y yo me puse alerta, muy nervioso.
No esperé a que el tren se parase por completo. Agarré a la niña y salté en marcha. Justo en la vía contigua, otro tren que comenzaba su marcha me dio el transbordo perfecto. Continué corriendo tras aquel tren y estirando el brazo al máximo conseguí agarrarme al asidero del último vagón.
Éste sí estaba lleno, pero de animales, más concretamente de gallinas, que al entrar nosotros formaron un gran escándalo como bienvenida. Olía muy mal, pero eran más confortables las alpacas de paja, que las cajas de madera del anterior.
Nos acomodamos como pudimos y entre el suave traqueteo del tren y el constante clan-clan de sus vías nos quedamos dormidos.
Un agudo pitido nos despertó ya al atardecer y pensé: ¡Al fin en casa!
Ese habría sido un final ideal y esperado, mas no fue el caso. Desgraciadamente el segundo tren se desvió bastante del camino.
Caminando por la vía, patinando con la grava del suelo, me acerqué a la estación.
Nos encontramos en un pueblo con un nombre rarísimo que ni por asomo se parecía al mío.
Continuábamos metidos en un lío, muertos de hambre y sin saber dónde pasar la noche. La estación estaba muy solitaria, nadie había por allí. Tomé el único camino que salía de la estación en busca de la civilización. A la derecha de la senda, vimos un gran campo lleno de manzanos cargados de frutos  rojos y grandes. La alambrada apenas subía un metro por lo que me fue fácil pasar. Comimos aquellas dulces manzana hasta artarnos, con lo que ya teníamos un problema menos, ahora a buscar alojamiento y quizás algún trabajo temporal, por unos días, para poder continuar nuestro viaje.
Llegamos por aquella vereda al pueblo y en la segunda casa que vimos, había un hombre mayor sentado en una hamaca bajo el porche, con un gran sombrero de paja medio roído y arrugado. Llevaba unas pequeñas gafas que les caían bajo sus ojos. Su espesa barba blanca y su camisa manchada parecían haber coexistido durante bastante tiempo juntas.
Le pregunté por algún hostal, motel ó pensión en la que pudiéramos quedarnos mi hija y yo.
El anciano me indicó que a cinco minutos de allí, siguiendo el mismo camino se encontraba el hotel de la familia Archer.
Me aseguró que ellos tenían habitaciones y quizás necesitasen algún hombre para dar una mano de pintura a la fachada , pues parecía que no la habían pintado en muchos años.
Le dí las gracias a aquel amable señor y me apresuré, cargando a la niña en la espalda tomando esa ruta hacia  el hotel antes de que anocheciese. Ya desde el camino se podía ver la gran mansión de tres plantas y con la fachada algo descolorida. Tenía unas grandes ventanas y un gran porche con unas columnas redondas en la entrada.
Un bonito pero descuidado jardín, rodeaba todo desde la verja en la entrada hasta la casa.

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