febrero 01, 2011

Capítulo 26 " Cuatro estaciones "

Los días después de aquello, se fueron sucediendo con la felicidad como tónica predominante. Todo parecía sacado de un cuento.
Por las mañanas, después del desayuno, me ponía con mis tareas. La pequeña se iba a jugar con las muñecas de trapo que le había hecho Sarah. A veces jugaba a los disfraces con Oli, el perro que siempre estaba con ella. Él se prestaba a ser su maniquí y era muy gracioso verle caminar por el jardín con un vestido rosa y un tocado atado a la cabeza. Así pasamos el verano, el otoño y el invierno, incluso pasó la siguiente primavera.
Fue entonces cuando me dí cuenta de por qué no quería cruzar el país para reunirme con mi familia. Ya no me importaba que Praxis, aquella salvaje pero tierna mujer escultural, se hubiese marchado. Me sentía feliz allí, rodeado de cariño, risas, momentos anecdóticos y de una persona que se había convertido en mi nueva compañera.
El problema es que no me desaparecía de la cabeza mi primer amor. La dulce y bella Nassay.
Sólo Dios sabía dónde estaría en aquel momento y con quien, pues imagino que después de tantos años desaparecido, ella habría rehecho su vida. Se habría casado, habría tenido hijos, etc.
Un cuatro de Julio de la primera década del nuevo siglo, después de una cena en compañía de muchos invitados y residentes del hotel, decidí que sería el momento ideal para pedirle matrimonio a Sarah.
Así que antes de que sirvieran el postre, me levanté y cogí del bolsillo de mi chaqueta el anillo que le había comprado a un viajante de joyería huésped del hotel hacía unos dos meses. Alcé mi copa llamando la atención de los allí reunidos y de rodillas me dirigí a Sarah para hacerle la pregunta que debí haberle hecho a otra persona. A otra a la que el destino me arrebató.
Tras mi propuesta, ella me miró. Sus ojos se le inundaron de lágrimas y asintiendo con la cabeza se levantó y me dio un fuerte abrazo diciendo:
- Me alegro tanto de que me lo hayas pedido al fin ... No sabía si estarías dispuesto a casarte conmigo y pasar el resto de tu vida aquí, junto a mí. Es por eso que no quise decirte nada hasta no estar segura de tus intenciones. ¡Estoy embarazada! ¡Vamos a tener un hijo! Mi gran ilusión y la que estuve apunto de perder.
¡Gracias Daniel! ¡ Gracias Señor!
Parecía que por una vez, había dicho y hecho lo correcto, en el momento preciso. Algo en mi vida estaba cambiando.

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