febrero 02, 2011

Capítulo 27 " ¡Corre que ya llega! "

Me hacía muy, pero que muy feliz la idea de tener un hijo de Sarah, además de que ella se lo merecía, era una mujer fantástica, guapa, amable, sencilla, divertida, educada, madura, serena, inteligente, etc.
Reunía todas las cualidades que cualquier hombre desearía que tuviese una mujer.
Lo acontecido no podía esperar mucho tiempo y tenía que ir al pueblo a decirlo a todos los que ya me conocían.

El verano se acabó dando paso a un otoño triste y lluvioso, con su típica caída de hojas, sus vientos fríos y sus lluvias. Tuve muchos momentos en los que me acordaba de mi familia aquel clima me provocaba una cierta melancolía. Me preguntaba qué habría sido de ellos y de la bella Nassay, la señora Mercedes ...
Sarah, que era muy perspicaz se daba cuenta de que algo me inquietaba, me preocupaba y a veces hasta perdía la mirada.
Un día me preguntó:
- Cariño, te veo preocupado y en ocasiones ausente. ¿ Qué te ocurre? ¿Me lo quieres contar?
Fue entonces cuando le conté que a menudo me acordaba de mi familia, de mis compañeros que quedaron en la isla y cuánto deseaba volver a verlos algún día a todos.
Sarah, me comentó la posibilidad de hacer el viaje para cuando naciese el bebé y así mi familia los conocería a todos. Aquella noticia me emocionó, me embargó la alegría, en ese instante casi me vuelvo loco.
La abracé fuertemente y le agradecí mil veces la dicha que me daba.
Y un otoño de lo más triste se convirtió en un corto otoño, como cualquier otro y rápidamente el invierno llegó sin avisar.
Entrado el mes de Diciembre, comenzaron las primeras nevadas y como si de un espectáculo de magia se tratara, todo se cubrió de un espeso manto blanco. Los jardines, los árboles, la casa, etc.
La fuente se congeló y mi pequeña Nassay y yo salíamos a jugar con la nieve. Hacíamos muñecos grandes, nos tirábamos bolas y Sarah, con su gran barriga, nos observaba desde el gran ventanal del salón.
A finales de Enero, en una gélida noche, Sarah me despertó con un fuerte dolor y me pidió que fuese a buscar al doctor Mauricio. Rápidamente me puse el batín, me calcé las botas y muy nervioso bajé las escaleras saltando de tres en tres los escalones. Salí por la puerta con aquellas pintas como si me llevasen los demonios.
Una vez en casa del doctor, me puse a aporrear su puerta y a gritar su nombre, pero nadie salía.
Alarmado por el escándalo, se asomó un vecino y me explicó que el doctor acababa de marcharse a otro parto hacía cinco minutos.
- ¡Qué casualidad! ¡Dos años sin nacer un niño aquí y ahora nacen dos a la vez ! ¡ Maldita sea mi suerte! - le grité al vecino, que se metió en su casa antes de que terminase la frase.
Como no había otro doctor en el pueblo me volví al hotel rápidamente, pensando qué podría hacer, ¡qué le iba a decir a mi esposa ! Para mi sorpresa, cuando llegué ya había una mujer que decía ser matrona atendiendo a Sarah en su habitación. Creo que era una enviada divina.
 Veía a las camareras subir con baldes de agua caliente, sábanas, etcétera. Yo me sentaba y me levantaba del sillón de la entrada hasta, ¡qué nervios!
Hasta que oí una voz que dijo:
¡La criatura nació!  y llantos fuertes de bebé culminaron mi emoción.
Era una niña preciosa, toda llena de rosquillas,  grandes ojos claros, piel canela y con mucho pelo en su cabecita.

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