febrero 03, 2011

Capítulo 29 " Sin valor y con vergüenza "

Sarah se mostró preocupada por mi reacción cuando el doctor nombró a la mujer que atendió la noche anterior, por lo que me apresuré a quitarle importancia a mi impresión alegando cansancio y emociones del parto. Aún no estaba preparado para contarle toda la verdad.
Un día después, salí muy temprano con la idea de verla, de preguntarle muchas cosas, de darle cien explicaciones, abrazarla, reprocharle que se hubiese casado. Pero cómo, si yo la traicioné antes.
No, no debía verla, mas mis piernas temblorosas comenzaron una tras otra a caminar rumbo a la calle que me proporcionó el doctor. Muy confuso, cabizbajo y tratando de serenarme, de armarme de valor, caminé casi un kilómetro sin darme cuenta, cuando oí una voz que me sobrecogió el alma.
Una voz de mujer que se despedía de alguien, pero esa voz ...  Levanté la cabeza y a unos diez metros la vi, allí estaba con un vestido de terciopelo azul. Un escalofrío me recorrió el cuerpo dejándome inmóvil.
Era ella, radiante a pesar de acabar de dar a luz tres días antes. Su hermosura y la belleza natural de su rostro, no tenían comparación. Tragué saliba y respiré muy hondo poniendo mis pasos en su dirección.
A pocos metros, un hombre con abrigo largo y oscuro le daba un beso en la mejilla y agarrándola por un brazo, entraron en una casa.
- ¡Maldita sea mi suerte!  - grité entredientes con rabia.
Di la vuelta y mientras caminaba hacia el hotel, comencé a verla en todas direcciones, entre la gente, delante de mí, a los lados, ¿estaba volviéndome loco?
Pensaba en tantas cosas que la cabeza estaba apunto de explotarme. Debía hacer algo, tal vez proponerle a Sarah adelantar el viaje para la próxima semana. Lo antes que se pudiese a fin de parar aquello que estaba sintiendo.
Ahora tocaba reservarse los pensamientos, incertidumbres y agobios, pues mi esposa no podía darse cuenta de que algo raro estaba ocurriendo en realidad, mas no se merecía que la engañase.
Una tesitura difícil e insoportable.
Quedamos de acuerdo para emprender el viaje en diez días y en la semana siguiente hice lo posible por ocuparme tantas horas del día como aguantase mi cuerpo. Sarah por su parte, estaba cada vez más fuerte y se la pasaba apuntando instrucciones a los empleados del hotel para cuando nos fuésemos, siempre que la recién nacida Annie se lo permitía.

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