febrero 04, 2011

Capítulo 31 " La fiebre del oro "

El sol en su ocaso, iba dejando de iluminar el paisaje que veía a través del cristal. Le conté a Sarah que desde mi hogar en esta época del año se podía ver cómo la montaña nevada contrastaba con las flores rojas que salían en el valle, junto al lago y al decir eso un sinfín de recuerdos se apresuraron sobre mi cabeza en forma de imágenes que se sucedían sin parar, recordándo desde que era pequeño hasta el día en que me reclutaron. Una lágrima recorrió mi rostro, parándose en la comisura del labio. Sarah, que me miraba, con sus finos nudillos, me la secó y me dijo:
- No te atormentes, ya pronto habrás cumplido tu sueño, amor mío. Ya pronto.
Le sonreí y cerré los ojos quedándome dormido.
Los gritos del revisor me despertaron asustado, pero me alegré de aquel susto. ¡ Al fin en casa!
Desperté a Nassay que se llevó todo el trayecto dormida mientras Sarah ponía a la pequeña en su cochecito y nos dirigimos a la puerta. Estaba oscuro y un mozo nos traía el equipaje en una carretilla a la que le chirriaban las ruedas. El andén y la estación en general, no estaba como yo la recordaba. Se encontraba en muy malas condiciones, medio derruida, como abandonada.
Sobrecogido le pregunté al mozo por lo que sucedió allí y me contestó con voz triste:
- La fiebre del oro, señor. Es la fiebre del oro que ha arrasado todo el pueblo por completo. Quedamos muy pocos ya aquí.
Boquiabierto y muy extrañado, le rogué un transporte para llegar a mi casa lo antes posible, pues la noche se estaba cerrando.
- El único que puede llevarles ahora es el chico de aquella carreta. Es un poco distraído, pero es bueno.
Cargamos las maletas y nos subimos a aquella carreta tirada por dos mulas tordas. Enseguida nos pusimos en camino. El simpático cochero, mientras sujetaba las riendas nos contaba anécdotas que supongo que serían divertidas para él. Yo al menos no le entendía ni la mitad de las palabras. Parecía algo distraído, un poco raro. Daba la sensación de que padeciese alguna enfermedad mental, sí, tenía toda la pinta.
No pronunciaba la mitad de las palabras, babeaba constantemente y hacía unos ruidos extraños.
Y cómo se reía:
- ¡Jain, jain, jain, que te jain!
Esa manera tan original de reirse te provocaba cuando menos una carcajada. ¡ Qué simpático! Aquel buen joven que aceptó llevarnos a la granja en su carreta sin pedirnos nada y encima nos llevó riéndonos todo el camino.
- ¡Jhooooo! ¡Pádate muula q-que vemoz llegaooo! ¡ jain,jain,jain, que te jain!
Con este grito tan peculiar, llegamos por fin a mi casa.
- ¿Cómo te llamas, chico? - le pregunté al divertido cochero.
- Me llaman a vocez, zeñor - me contestó guiñando ambos ojos.
- ¿Pero qué nombre es ese?
- ¡Ah! mi nombre, es Clement, soy Clement Bubu.
Sarah y yo soltamos al unísono unas tremendas carcajadas que nos hicieron reir hasta llorar. Le dí unas cuantas monedas y agradecido se volvió con sus famélicas mulas.

Me acerqué a la campana de la puerta para tocarla y darle la sorpresa a mi familia, pero me dió la impresión de que aquello estaba abandonado. Quizás los nervios me traicionaban, o la falta de luz no me dejaba ver bien, pero juraría que estaba todo como desierto. Toqué la campana y miré asustado a Sarah que bajaba su mirada al suelo con cierto aire de preocupación.
A lo lejos oí una voz que gritaba:
- ¡Ya va, ya va! ¡ Quien demonios es a esta hora! Será algún forastero perdido. - murmuraba.
- ¿Madre? ¡ Madre! - grité angustiado.
Desconfiada, mi madre no dejaba de preguntar quién era, como si no me conociese.
- Soy yo, Daniel. Tu hijo Daniel.
Noté cómo se agarraba a la verja fuertemente y muy impresionada, de repente se desplomó.
Me arrodillé y levantándole la cabeza, le dí unas palmaditas en la cara que hicieron que abriese los ojos diciendo:
- Por Dios hijo mío, si tu padre te viese. ¡Pero si te enterramos creyendo que habías muerto! ¿Por qué no habías escrito en todo este tiempo?
Le ayudé a levantarse  y abrazándose a mi, rompió a llorar desconsoladamente.
- Es una historia muy larga mamá. Vamos a dentro y hablamos.
Por cierto, esta es mi esposa Sarah y mis hijas Nassay y Annie.
Y con esta presentación de infarto, nos dirijimos a dentro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario