febrero 09, 2011

Capítulo 35 " Sexo y alcohol "

Unas vacaciones cortas e intensas. Sarah se apresuró por marcharse para terminar de realizar el balance del mes en el hotel y yo aún debía esperar a firmar unos últimos documentos. El primer tren de la mañana, no hacía escalas por lo que el trayecto era más corto. Las niñas se iban con mi esposa y el equipaje lo llevaría yo, dos días después.
Antes de marcharme, quería despedir a la señora Mercedes. Qué montón de recuerdos pasaron por mi mente cuando tomé el camino a su casa. Cómo recordaba el olor de aquellos árboles que me transportaban años atrás cuando paseaba con Nassay por esos caminos de tierra y parábamos a los pies del gran lago, para en silencio, recrearnos con la majestuosidad de la montaña y oír el suave murmullo del agua.
Toqué su puerta y la mujer al abrirme se llevó una grata sorpresa, pues aunque nos saludamos tímidamente, no se esperaba que fuese a despedirme de ella.
- No esperaba que vinieses a despedirte Daniel, sinceramente no lo esperaba.  -me dijo emocionada.
- Cómo no iba a hacerlo, doña Mercedes, con la de asados suyos que me comí, además una cosa no quita a la otra, ya sabe.
Me hizo pasar y entre limonadas y recuerdos pasaron varias horas tan rápido que se me hizo tarde.
- Hace rato que debí haber regresado. Gracias por todo y prometo escribirle de vez en cuando. ¡Adios!
Apresurándome de camino al pueblo pensé que ya era demasiado tarde, quizás y quise cambiar mi camino a mi casa directamente, pues el sol casi se había escondido y la noche estaba por llegar. Los papeleos los arreglaría por la mañana, antes de coger el tren de mediodía cuando vi como unas luces al final del camino. Se oía como si un automóvil se acercase. Conforme andaba vi que efectivamente era un automóvil y parecía conducido por una mujer. Claro, era Morelia.
Me quedé parado en un lado del camino y ella se detuvo junto a mí. Sacó la cabeza por la ventanilla y me dijo:
- Oye, ¿no pensabas despedirte de mi? ¿Acaso no te ayudé bastante?
En aquel instante, me quedé sin palabras, no lo esperaba. Intenté explicarle que por la mañana iría al banco a terminar los formularios y no me dejó terminar.
- Sube y acompáñame a tomar una copa. Portate como un caballero, ¿quieres?
Para cuando me quise dar cuenta, estaba con Morelia en un bar a las afueras del pueblo tomando tragos y charlando de nuestras aventuras. Resultó ser una chica muy extrovertida y simpática. Una mujer bastante entrañable pese a ser hija de quien era.
- Al fin encuentro a alguien que sabe escucharme y entenderme. Un hombre que ... está casado . -dijo con la mirada perdida en el fondo de su vaso vacío.
Morelia había tomado demasiados combinados quizás y creí que lo mejor sería llevarla a casa.
- Creo que estás algo bebida y debo llevarte a casa.
- No seas aguafiestas Daniel, sólo estoy un poco alegre. Estoy muy bien, de lo contrario no me atrevería a decirte lo mucho que me gustas. Eres valiente, noble y ¡ tremendamente guapo! ja,ja,ja,ja ¡Dios! estoy hablando demasiado. -me dijo con dificultad, agachando la cabeza y haciendo que su desaliñado cabello le tapase media cara.
- Ya basta de alcohol por hoy, Morelia.
Me levanté de la mesa y la ayudé a levantarse. Suerte que en hotel, aprendí a conducir un automóvil que teníamos para llevar a los huéspedes a la estación.
Llegamos a su casa y de repente ella pereció no haber bebido nada en todo el día. Su voz le volvió a la normalidad aunque al salir del automóvil, mientras yo le sostenía la puerta, tropezó un poco y se sujetó a mis brazos fuertemente. Me soltó los brazos y me abrazó pidiéndome perdón por el tropiezo.
Su nariz quedó a menos de un centímetro de la mía.
- Ayúdame a entrar, puedo volver a tropezar, por favor.
Aunque no me importaba acompañarla un rato en su soledad, hasta asegurarme de que realmente estaba bien, yo debía marcharme a casa. Todos debían estar preocupados ya por mi tardanza.
- Una casa muy bonita, pero seguro que eso te lo dicen todos. - Le comentaba mientras ella se cambiaba en la habitación.
- Jamás ha venido ningún hombre a mi casa, excepto mi padre, Daniel. -me gritaba desde el dormitorio.
Parecía que mi habilidad para decir lo incorrecto en el momento inoportuno era ya un hecho.
Me senté en un cómodo sofá que tenía en el salón desde el que se veía la mitad de la puerta de su habitación.
Ella asomó por allí con una actitud un tanto provocadora y atrevida. Revelando un seductor conjunto de ropa interior de color rojo, encajes y bordados con unas medias atadas a un bonito liguero del mismo color que se le ajustaban a su cuerpo como una segunda piel.
¿Cómo pude haberme metido en aquel lío? Tenía que remediar aquello antes de que se me escapase de las manos. No podía sucumbir a sus formidables encantos, mas era una ardua tarea. Aquella ardiente mujer lo tenía todo en su sitio y muy bien puesto. Un cuerpo maleable, manejable y dispuesto para hacer locuras en la cama hasta morir de placer.
No era justo que mi pobre esposa estuviese esperándome sola y yo, yo no podía pensar ya con la cabeza, no podía ver más allá de su sujetador.
- No te reprimas Daniel, nadie va a enterarse. - Me animaba aquella Afrodita.
Tragué saliva y como pude intenté evadirme con cumplidos sobre su belleza, pero cuando quise levantarme noté que algo pasaba dentro de mis pantalones y le pedí que bajase la luz. Mi vergüenza no me permitía saber que ella veía mi pantalón a punto de reventar.
Me abracé a ella fuertemente, poseído por la lujuria. Cogí su mano y le dí la vuelta como a una bailarina poniendo su espalda pegada a mí apretándola una vez más.
Acaricié todo su cuerpo contando con mis labios cada uno de los lindos lunares que lucía su espalda.
Suavemente le quitaba los broches de la poca ropa que llevaba, mientras un calor infernal me recorría todo el cuerpo.
Morelia se dio la vuelta y me arrancó todos los botones de la camisa para aferrarse con fuerza al cinturón que se le resistía durante algunos segundos.
Sentí mi sangre arder, como un volcán a punto de estallar y culpé a la bebida por ello. O quizás era el perfume embriagador y dulce de su piel lo que me hizo perder la cabeza. Tan sensual y ardiente como un terremoto junto a un trueno y un volcán. Una auténtica bomba.
- Hazme enloquecer de placer, vida mía. -me susurró al oído.
Había cosas en la vida que no se les podía negar a ciertas personas, pues bien, aquella era una de las cosas y ella una de esas personas.
La levanté del suelo por sus firmes glúteos y ella a horcajadas me rodeó la cintura con sus piernas.
Sin luz, ya en su habitación, imaginándonos donde teníamos cada parte del cuerpo, nos acariciamos y besamos hasta fenecer llegando al punto máximo de la locura y el placer. Explotamos en gritos de pasión hasta caer agotados tras haber repetido varias veces aquella tórrida escena. Quedé extenuado con mi cabeza en sus pies empapados en pecado y pasión hasta que un rayo de sol del día siguiente me dio en la cara, despertándome así de aquel sueño erótico.
Me encontré sólo en su cama y al levantarme, vi una nota de papel perfumado en la mesita que decía:
- Ha sido una noche inolvidable para mí y me gustaría repetirla todas las noches de mi vida. Desayuna lo que quieras y recogeme a las cuatro. Te adoro: Morelia D.

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