febrero 10, 2011

Capítulo 36 " La huída "

Evidentemente debía vestirme, ir a recoger mis cosas, disculparme y despedirme de mi familia y montarme en el primer tren que saliese hacia mi destino. No sólo por el lío en el que me estaba metiendo, sino porque no podía dejar de pensar en mi esposa, ella no lo merecía. Yo la quería y aunque no busqué aquello con Morelia, tampoco fui capaz de salir huyendo de su casa, lo que me llevaba a preguntarme si realmente quería a Sarah y de ser así, cómo pude haberla traicionado.
Sería una dura cuestión que yo mismo tendría que plantearme, porque era atracción física lo que abrigué por aquella mujer, Morelia.
Tras disculparme con mi familia y despedirme de ellos en la estación, subí aliviado al tren prometiéndoles escribirles a menudo. Allí se quedó mi familia, felices y juntos empezando de nuevo otra vida.
El viaje en tren me resultó de lo más aburrido. Con muchas paradas cortas, el tiempo justo para subir y bajar. Tuve tiempo más que de sobra para pensar qué le iba a decir a Sarah y si se me notaría mucho. Me acordé de mi hija Nassay y no entendía porqué su madre, Praxis, se fue de esa manera, aunque tuviese madre de sobra con mi esposa, no podía ser lo mismo.
Entre meditaciones y lapsos de tiempo llegué a mi destino deseoso de abrazar a Sarah y a las niñas.
Me bajé del tren y la busqué a derecha e izquierda pero no las veía. Miré a un lado y a otro y nada, no estaban. Quizás no me esperaban tan pronto ó quizás se hubiesen entretenido. Me acerqué a un banco del andén decidido a esperarlas un rato cuando vi a un empleado del hotel, que apresuradamente se dirigía hacia mi haciendome señales.
- ¡Señor! ¡Señor! - gritaba exasperado.
- Hola amigo ¿y la señora, por qué no ha venido?
El joven agachando la cabeza me dijo que estaba algo indispuesta y que no era nada de importancia, que no había de qué preocuparse.
Aquel gesto me provocó desconfianza, de todas formas no sabría si era cierto hasta que no llegase al hotel, de modo que metí las maletas en el vehículo y nos pusimos en camino a toda prisa.
A lo lejos veía al perro que ya nos había oído, como ladraba y daba vueltas alborotando, como si le faltase un tornillo.
Nada más bajarme del auto, Oli se abalanzo sobre mí emitiendo unos sonidos como si estuviese llorando a la vez que me ladraba y movía el rabo como si se le fuese a caer de un momento a otro. ¡Qué buen perro!
En ese tiempo, me urgía saber el motivo real de la ausencia de Sarah y las niñas en la estación.
¿Estaría enferma o se entró de algún modo de mi infidelidad? La duda se apoderaba de mi razonamiento y no me dejaba pensar con claridad. No vi a las niñas por allí, dejé mis maletas en el hall y subí las escaleras hacia la habitación por si estuviese allí Sarah y las niñas.
La puerta estaba cerrada pero oí voces en el interior de la habitación y una de ellas era masculina.
Golpeé dos veces la puerta y la abrí sin esperar contestación. Sarah estaba sentada en una butaca con una colcha sobre las piernas y junto a ella, un tipo de pié con un maletín negro que me miraba por encima de sus lentes. Era un tipo delgado, de pelo negro, corto y rizado, con largas patillas y un extraño pendiente en su oreja izquierda. Era joven y de estatura mediana.
- ¿Qué ocurre aquí? ¿Quien es usted?
- Buenas tardes señor, soy el doctor Saint Fluid y vengo de la ciudad para ver a su esposa y tratar de curarle su dolencia, aunque me temo señor mío, que no me es posible.
Verá, su médico del pueblo me llamó y me comentó el caso al saber de mi experiencia en estos temas. No me ha sido posible venir antes, aunque de nada habría servido la prisa.
-  ¿De qué caso me habla? Sarah no estuvo nunca enferma, algo de insomnio a veces y en el invernadero se relajaba, volvía a la cama y nada más.
Debía de ser una broma, pensé. Me reí con aquel personaje y le dije:
- ¡Casi me engañan! Es usted un gran actor.
Sarah se dirigió a él y le dijo:
- Doctor, gracias por su visita, espero su resolución definitiva. Ahora debo hablar con mi esposo. Adiós.
Yo no podía dejar de asombrarme por la escena que estaba viviendo. Me encontraba estupefacto, no acertaba a decir o hacer nada.
Ansioso y temeroso a la vez por lo que me tenía que contar, no podía dejar de sentirme fatal en aquel momento.
- Daniel, se que quizás nunca me perdones el haberte ocultado algo tan grave, pero pensé que no querrías vivir con una mujer enferma y por eso te lo oculté.
Desde mi adolescencia, arrastro una enfermedad muy rara en mi cabeza. Los síntomas aparecen en ciertas ocasiones, sobre todo cuando mi mente está en reposo me sobreviene un terrible dolor que me despierta. Todos los especialistas conocidos me han estudiado y por el momento no puede hacerse otra cosa que tratar de mitigar el dolor. Ya ves que a veces el dinero no lo puede todo. Mis continuas visitas nocturnas al invernadero, no eran para relajarme sino para disimular mi agonía. Sufro gravísimos dolores de cabeza que me hacen a veces perder el conocimiento por unos minutos.
Quizás si te hubiese contado esto antes, no hubiésemos concebido a Annie, no habría conocido a la fantástica hija tuya Nassay, ni habría llegado a ser la mitad de feliz que soy ahora gracias a ti. Sé por los médicos que no me queda mucho tiempo ya, pues las crisis van aumentando y eso significa que mi mal también aumenta. Sólo te pido que tratemos de pasarlo lo mejor posible. No quiero terminar mis días en un hospital alejada de mis niñas y de ti. Me he encargado personalmente del futuro de las niñas y te aseguro que no les faltará nada mientras vivan.
- ¡Basta! ¡ No sigas! - Le grité arrodillado a sus piés con la cara inundada de lágrimas, recordando todos los momentos que pasamos desde que llegué a pedir trabajo al hotel.
La lógica no me daba a comprender aquella situación. Preguntas que se agolpaban en mi cabeza sin respuesta, cómo, cuando, por qué, y ahora, etc.
Me abracé a sus piernas llorando como un niño asustado durante mucho rato hasta que el reloj de la sala sonó anunciando que era la hora de la cena. Reparé en que pronto subirían a avisarnos y el panorama no era muy agradable al tiempo que debíamos procurar mantener el secreto el máximo tiempo posible.
- Amor mío, trataré de no contar nada a nadie y de que la pequeña Nassay no se de cuenta de nada.
A ella la iré preparando poco a poco. Me levanté y sin poder aguantar mis sentimientos, me encerré en el baño para lavarme bien la cara y que la tristeza se notase lo menos posible.
Por qué el futuro me depararía aquellos designios tan oscuros ...

No hay comentarios:

Publicar un comentario