febrero 15, 2011

Capítulo 38 " Requiem "

Sabía que no podía haberme olvidado ten fácilmente, pero ¿ por qué se casaría sin amor? ¿Acaso fue coaccionada al matrimonio?
Como no concretó el tiempo que estaría fuera, mi nivel de ansiedad subía por momentos, hora tras hora y día tras día.
Nada más que podía sentarme a esperar aquel desenlace procurando que la gente a mi alrededor no me notasen nervioso o excesivamente inquieto. Regresé al hotel para distraerme con las tareas y para que no notasen mucho mi ausencia.
En la puerta, vi un gran vehículo negro que casi tapaba la entrada y una de las camareras me hacía gestos desde el porche.
Era el doctor Saint Fluid que venía de la ciudad, ¿Quién había llamado al doctor? Subí velozmente las escaleras hasta la habitación de Sarah y cuando entré el doctor recogía una jeringa y guardaba varios frascos de cristal en su maletín. No sabía qué significaba todo aquello.
Nervioso agarré al doctor por uno de sus delgados brazos y le pregunté qué pasaba.
El doctor dejó su maletín en el suelo y me dijo:
- Su señora esposa, desgraciadamente ha empeorado antes de lo que esperábamos. Le he administrado un fuerte sedante, por lo que le aconsejo que mientras esté consciente se despida de ella por lo que pueda pasar. Lamento mucho tener que decírselo así, pero puede dejar este mundo en cualquier momento.
Cogí el maletín del doctor y lo arrojé lleno de ira contra la pared, haciendo que éste se abriese y se saliera gran parte de su contenido. Le grité que se marchara,el asustado y compren doctor, recogpresuró su marcha. Las lágrimas en los ojos no me dejaban verle la cara a mi esposa. Por más que trataba de limpiármelas, era inútil, mis ojos se negaban a parar de llorar.
Me sentía triste, abatido y muy culpable. Sarah se durmió tan deprisa que no pude decirle nada antes, así que me mantuve a los pies de su cama para cuando despertase.
Nunca supe si me oía en realidad, pero yo le hablaba y le contaba todo lo que se me ocurrió durante horas. Incluso le conté que había encontrado la pista de un antiguo amor.
Sarah tenía los ojos cerrados y estaba acostada en la cama boca arriba, con su roja melena suelta en forma de abanico. Le dije en el oído, susurrando, cuanto quería a la madre de mis hijas y que jamás sentiría nada igual por nadie. Dicho aquello le besé sus pálidas y frías mejillas y una lágrima rodó por su cara hasta perderse detrás de su oreja.
Sentí que expiró su tiempo entre nosotros. Su bella alma se marchó dejando un cuerpo inerte a mi lado.
Aquellos tristes momentos marcaron mi carácter y cambiaron la actitud alegre y dicharachera por una oscura y profunda depresión. Volví a ser el chico solitario y raro que era antes de conocer a Nassay.

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