febrero 16, 2011

Capítulo 39 " La nota "

Tiempo después la pequeña Annie comenzó a decir sus primeras palabras y mi hija Nassay a recibir clases de un profesor que venía a casa todos los días. Le iba bastante bien pues le encantaba aprender cosas nuevas.
De repente un buen día recibí la visita de una persona ya olvidada , el mensajero.
Aquel tipo parecía que me traía buenas nuevas de aquella que me marcó la vida con la palabra amor. Triste, compungido, apenas si le di las gracias al heraldo. Me dirigí a mi despacho a leer aquellas letras, sin demasiada ilusión, quizás en otro momento de mi vida hubiese dado saltos de alegría.
Decía así:  " Querido Daniel: ayer mismo regresé de mi viaje y debo confesarte que más llena de orgullo que de otra cosa, pues todos contaban tu hazaña, incluso mi madre me habló de ti. Por eso y otros motivos que me reservo ahora, deseo que nuestro encuentro se lleve a cabo con la mayor prontitud posible. Mañana mi esposo se marcha a fuera de la ciudad por unos días y me gustaría que vinieses a mi casa. Sin más dilación me despido con esperanzas de verte pronto.
Te ama; Nassay "
Sentía que no era el momento ideal, pues mi esposa hacía pocos meses que había fallecido, mi bajo estado de ánimo quizás me llevasen a mostrarle unos sentimientos que no fueran los verdaderos, pero ¡qué estaba diciendo! Nassay me decía que me amaba en sus notas, que quería verme pronto, no podía volver a abandonarla, tenía que superar aquel trago lo mejor posible y semejante dilema no me iba a ser tan fácil de resolver. El olor de aquella nota me recordaba sensaciones de veranos interminables, noches sin dormir y experiencias estremecedoras.
Por momentos creí perder la cordura, me preguntaba qué hacer, tantas veces que había dado mi vida por ver llegar ese momento y ahora lo dudaba. Era un sueño convertido en pesadilla.
Fuera lo que fuese, mi destino seguía marcándome un sinuoso sendero y aunque quisiera no podría alterarlo.
Así que me dispuse a acudir a aquella cita, no con los ánimos que debiera mas con la certeza de que tenía que acudir.
Cogí una camisa de mi armario y vi que tenía una mancha y llamé a una de las chicas del servicio para ver si podía ayudarme. Después del fallecimiento de Sarah, las habitaciones se fueron quedando vacías y no se volvieron a ocupar. La amable cocinera, la señora Martha Gé, se hacía cargo de las niñas la mayor parte del día, ellas se divertían mucho y Martha no se aburría.
Nadie contestó a mi llamada por lo que bajé a la cocina a comprobar si se encontraban allí, pero no vi a nadie.
Pensé que quizás estarían en la lavandería, que se encontraba al fondo de la gran cocina y me dirigí hacia allí con mi camisa en la mano.
Atravesé el blanco suelo de mármol de la cocina y sus brillantes paredes alicatadas. Un olor característico a pucheros hirviendo inundaban el aire. Desde la mitad de la cocina podía ver la puerta de los lavaderos que se encontraba entre abierta. Según me acercaba oía un murmullo ó quizás leves lamentos que parecían provenir de allí adentro.
Me acerqué silencioso, pensando sorprender a algún animalillo escondido, muy despacio metí la cara por la ranura de la puerta para ver qué había dentro.
El sorprendido una vez más fui yo, pues jamás pensé ver una escena parecida. Era lo más sensual y erótico que jamás imaginé. Las dos chicas del servicio estaban semidesnudas, con los uniformes desabrochados y envueltas entre sábanas blancas y manteles de cuadros almidonados, acariciándose, besándose todo el cuerpo. Aquellas dos jóvenes se daban muestras de cariño, de un cariño bastante ardiente.
Despeinadas y con las cofias aún  puestas se abrazaban y acariciaban la entrepierna con mudos gemidos de placer.
Lamían sus pechos apasionadamente y se retorcían de placer silenciado por el morbo de aquel escondite improvisado, evitando ser descubiertas.
Aunque me dieron ganas de unirme a la fiesta, sentí mucha vergüenza y pensé que lo mejor era hacerme de cuenta que no había visto nada. Dí dos pasos hacia atrás y al girarme para salir de allí lo más silenciosamente posible, tropecé con las patas del perro que dormía debajo de la mesa, cayéndome de bruces al suelo.
Al intentar evitar la caída me agarré al primer asidero que mi mano halló en su camino, pero era la puerta del horno la que evidentemente se abrió golpeándome en la cabeza produciendo un sonido acampanado y por si fuera poco, el maldito perro del susto soltó un aullido y dio un salto encima de mi.
Las chicas gritaron desde adentro de la lavandería y se apresuraron en salir mal vestidas, asustadas por el tremendo escándalo que formé. ¡Vaya escena tan patética! Con una risa contenida me preguntaron si me encontraba bien.
- ¡Pues claro que no! ¿cómo podía encontrarme bien después de semejante disgusto?

Entonces una chica miró a la otra y volvió su cara para soltar una tremenda carcajada que a continuación se nos contagió a todos. Hasta creo que el perro también se partía de la risa.
Al menos aquello me sirvió para olvidarme de las dudas y malos pensamientos. Estaba claro que todo lo que me pasaba tenía un motivo.
Me di cuenta de que en la vida había tiempos que se guardaban para siempre en el corazón y amores que nunca pueden olvidarse, gracias a imborrables recuerdos que afanamos en el alma y que nunca jamás se olvidan con otro amor.

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