febrero 28, 2011

Capítulo 42 " El tugurio "

Le juré que sería la última vez que nos separaríamos y que volvería a su lado lo antes que me fuese posible. Di media vuelta y dedicándole una sonrisa le dije que nos veríamos muy pronto.
Y cinco días después de haberme encontrado a mi antiguo compañero, tenía un montón de cambios en mi vida, otra vez. Iba a convertir el hotel en una residencia para huérfanos, mi amada Nassay viviría conmigo al fin, me deshice del estorbo de su malvado marido y me disponía a realizar un gran viaje sin ni siquiera saber el destino, la duración ni nada parecido. Me embargaba una sensación inefable, como si me encontrase dentro de un sueño.
De camino a la estación, me encontraba absorto en mis pensamientos y no pronuncié ni una sola palabra.
Ya en el tren, cada vez que le preguntaba a Óscar el destino, este siempre me cambiaba de tema o directamente evadía la pregunta. De manera que ahí estaba yo, otra vez en un tren sin destino, en una nueva aventura siempre tratando de ayudar a cambiar el mundo.
Unas nueve horas más tarde y aún sin acertar el rumbo que llevaba el tren, noté que cada vez teníamos más frío, a pesar de que los radiadores del vagón estaban encendidos.
Por momentos me iba poniendo más y más nervioso hasta que ya entrada la noche, en un momento casi de pánico, me levanté del asiento y le exigí gritándole a Óscar que me dijese de una vez a dónde nos dirigíamos, cuando de repente el tren comenzó a parar y el silbato de la estación sonó.
- Esta es nuestra parada, Daniel. Tienes poca paciencia. - me dijo con asombroso sarcasmo.
Cogí mi bolsa de viaje y me dispuse a seguirle hacia la salida. A través de las ventanas del tren veía las luces de la estación a una muchedumbre yendo y viniendo con unos grandes abrigos de pieles y gorros muy particulares que tapaban las orejas de los hombres y mujeres.
Sólo pude deducir de aquello que vi, que estábamos en el norte y que el frío allí era bastante considerable.
Al salir del tren, Óscar se dirigió a saludar a un tipo que reconoció enseguida en el andén.
Reconozco que me pareció un saludo bastante efusivo para un tipo bastante corpulento.
Pasó a presentármelo diciéndome: - Daniel,este es mi amigo Stek., él nos acompañará.
Y el grandullón me dio un efusivo abrazo a mi también.
¿Stek? vaya nombre tan raro que tenía ese hombre, claro que su apariencia también me parecía rara, como si tuviese cara de llamarse así.
Por callejuelas estrechas y oscuras, nos conducía Stek hacia nuestro alojamiento. Con el frío que hacía y sin ropa adecuada, después de media hora caminando por aquella fría ciudad llegamos a nuestra posada.
En un callejón sin salida, al fondo, había colgado en la pared un farolillo rojo con una luz tenue que indicaba qué clase de sitio podía ser ese.
No podía dar crédito ¿a qué clase de lugar me había llevado esa gente? ¿Donde estaba el hotel?
Todo apuntaba a que eso era nuestro hotel. Un burdel clandestino en un callejón sin salida. ¡Terrorífico!

El tipo raro llamó a la puerta con tres golpes fuertes y secos, como si estuviese dando una contraseña.
Una voz femenina se oyó tras el portón.
Stek confirmó que eramos nosotros y la puerta se abrió.
Una señora de unos cincuenta años, con bastantes kilos de más, pelo castaño algo despeinado, la cara tan pintada como un payaso, unas medias de red de color rojo y una falda tan corta que sólo le tapaba la mitad de aquellos enormes muslos. Su negro jersey de cuello alto ajustadísimo, daba la sensación de que era lo único que sujetaba sus descomunales pechos.
Un olor muy desagradable, mezcla de alcohol y tabaco huía de aquel antro por la puerta.
La amable señora nos hizo pasar y habló algunas palabras al oído con Stek.
Nos invitó a que la siguiéramos a nuestra habitación. Al final de un oscuro pasillo lleno de puerta cerradas sólo con cortinas, comenzaban unas escaleras con peldaños tan pequeños que no me cabía nada más que la mitad del zapato. La mujer iba delante subiendo calmadamente, yo detrás de ella y Óscar y Stek detrás de mi.
Pasado el primer piso , la señora tomó cierta ventaja y una de las veces que miré arriba vi sin querer el interior de su corta falda y pese a la semi oscuridad, tenía claro que aquella mujer no usaba ropa interior.
Ella se percató de que la había mirado y por mi cara, se dio perfecta cuenta de lo que había visto.
Se paró y girándose me sonrió continuando su provocativo ascenso. Volví la cabeza hacia atrás para ver dónde estaba Óscar y un gesto sonriente de su cara me hizo entender que estaba al tanto de todo.
Ya en la tercera planta, llegamos a un rellano con dos puertas, a cual más sucia y rota.
Maldije en silencio mil veces a mi amigo por haberme llevado a aquel tugurio. Un sitio deprimente y sucio, con un olor a podrido mezclado con el del alcohol y el tabaco de abajo, provocaba arcadas al más resistente de los estómagos.
La mujer se paró delante de una puerta, la abrió y entraron Óscar y Stek y cuando estaba pasando yo me agarró por la entrepierna y me susurró con su extraño acento: - Llámame para lo que se te ocurra.
Uf, ¡me faltó el aire! casi se me para el corazón y no sabía qué decirle a mis compañeros. Cuando la señora comenzó a bajar las escaleras, ambos comenzaron a reírse a carcajadas detrás de mi.
Stek se despidió de nosotros y le dijo a Óscar algo en un idioma extraño para marcharse seguidamente.
Colchones polvorientosmesita con dos cajones. Abrí el primero y encontré un trozo de vela gruesa algo gastada, pero se podía encender aún. No tenía ventanas ni cuarto de aseo, en su defecto, una palangana en un rincón que creí adivinar que en su día fue blanca. Tras exponerle mis quejas a Óscar, éste me hizo entender que si estábamos allí era por una razón de peso y que no me llevaba de vacaciones. Hizo que me sintiese algo avergonzado por mi actitud quejumbrosa y tuve que pedirle disculpas.

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