marzo 01, 2011

Capítulo 43 " Momentos comprometidos "

Sentados en los polvorientos catres, Óscar y yo, recordábamos viejas anécdotas, cuando de pronto alguien golpeó la puerta con dos toques secos. Asustado me apresuré a coger mi arma de la bolsa de viaje y me puse junto a la puerta, pegado a la pared con mi arma cargada y levantada, a punto para disparar.
Óscar preguntó quién era.
- ¡Bolas de nieve! - contestaron
- Esa es la contraseña, Daniel. Puedes bajar el arma. - me dijo mientras me sujetaba la mano con un gesto tranquilizador.
Abrió la delgada y vieja puerta e hizo pasar al nuevo compañero. Era un tipo negro, alto con espaldas anchas y fuertes brazos. Llevaba una pequeña argolla dorada en la oreja izquierda. Me pareció muy simpático. Se llamaba Lurbe.
- A primera hora nos espera el transporte para ir a la base de entrenamiento. - dijo Lurbe con su voz grave.
En ese momento vi que Lurbe tenía que dormir allí con nosotros, pero ¿donde? esa sería otra cuestión.
Para mi asombro, mis compañeros se quitaron los abrigos, los zapatos y se acurrucaron, bien apretados en uno de aquellos pequeños catres.
Boquiabierto, algo avergonzado e incómodo por la extraña situación, me quité el abrigo y me metí en mi cama. Hablaban entre susurros, Óscar me miro y comenzó a explicarme que pensaba contármelo en el campamento para que no condicionase mi decisión sobre la misión a realizar. Me contó que Lurbe y él eran pareja desde que acabó la guerra y que lo llevaban en secreto desde entonces.
- Si hay algo que te molesta, dímelo sin reparo, por favor.
Sin palabras, no me esperaba esa situación ni en un millón de años. Todo aquello me pareció tan surrealista que debía despejar mi mente antes de hacer algún comentario al respecto. Apagué la vela y les dí las buenas noches.
No habrían pasado diez minutos cuando me levanté muy nervioso, encendí la vela y les dije:
- Disculpadme, no puedo dormir. Creo que voy a bajar a tomar algo, subiré en un rato.
Me puse otra vez el abrigo y bajé aquellas sinuosas escaleras con bastante miedo de resbalar, pues los pies no me cabían en los escalones.
Llegando ya al primer piso oía gemidos de personas que parecían estar haciendo el amor o algo parecido. Una fuerte discusión ocurría tras otra de aquellas cortinas y la tenue luz que alumbraba el pasillo parpadeaba dando una sensación muy indeseable. Llegando a la planta baja me topé con la señora de los enormes pechos y la original ropa interior en una postura un tanto comprometida, con su cara entre las piernas de un señor mayor que se agarraba a los estrechos escalones mientras le colgaban las babas. A juzgar por su cara, se lo estaba pasando realmente bien. ¡ Qué patético! Daba bastante asco.
Salté como pude por encima y me acerqué a la barra. Me senté en un taburete y le pedí al camarero algo fuerte para evadirme de lo que estaba viviendo . El camarero no me entendía por lo que tuve que utilizar el lenguaje universal de los gestos. No sé lo que entendió, pero me puso una copa de rayos y centellas que casi acaba conmigo.
Pocos segundos después de ingerir aquel brevaje, perdí la vista y el equilibrio.
No recuerdo lo que pasó después, pero a la mañana siguiente desperté en una gran cama con la mujer de los grandes senos, completamente desnuda a mi lado, roncando como una locomotora.
Lo más rápido que mi cuerpo me respondió, me vestí y salí de allí para ir a buscar a mis especiales compañeros cuando me los crucé en el camino.
- ¿Así que ahí es donde has estado toda la noche? ¡No tienes escrúpulos en cuanto a las mujeres, Daniel!
 - dijo Óscar  entre carcajadas.
Lurbe también le vio el lado gracioso, pero entre el enorme dolor de cabeza y la imagen tan terrible con la que acababa de despertarme, a mi no me hacía ninguna gracia.
- Hemos bajado tus cosas, compañero. El globo nos espera.
¿Globo? ¿Ahora íbamos a volar en globo? La idea de meternos los tres en una cesta por los aires no me atraía nada por lo que me encomendé a Dios, a todos los santos y vírgenes que se me ocurrieron en el momento, para que fuese algo corto al menos.

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