marzo 04, 2011

Capítulo 44 " Viaje en globo "

Parecía que en mi vida jamás iba a poder decir que había hecho de todo, pues siempre me sorprendía a mi mismo con nuevas aventuras y empresas como aquella que me ocupaba.
Era una forma de vivir un tanto cansada, al menos yo necesitaba parar todo ese desasosiego que rodeaba mi existencia. Durante un tiempo necesitaba vacaciones, unos diez o doce años me bastaban, aunque dada mi afición a meterme en semejantes berenjenales, sinceramente lo dudaba.
De modo que allí íbamos los tres, decididos a montarnos en ese artilugio y volar cuan ave migratoria por los cielos de sabe Dios qué país, para ir a algún sitio perdido en ninguna parte, un campamento en medio de montañas, alejado de toda vida.
Dimos un largo paseo desde nuestra estancia hasta el lugar de embarque. La ciudad era muy distinta por el día, pues todo no eran callejones oscuros y calles sinuosas como cuando llegamos.
Todo blanco por la nieve, aceras, tejados, árboles, un paseo agradable. Recuerdo que vi fugazmente a niños tirándose bolas de nieve y a un perro persiguiendo a un gato gris que saltó encima de una estatua para salvar su vida, en fin, todo muy animado.
Tras un paseo de unos treinta minutos, llegamos a ver el globo que estaba dentro de un cercado, junto a un granero a las afueras ya de la urbe. Un hombre bajito y regordete, con una gran barba gris llenaba el globo con aire caliente que producía con un quemador que accionaba con una cuerdecilla. Recuerdo bien el sonido tan particular que emitía, era como un pequeño rugido.
La cesta era bastante grande, con cuatro sillas tapizadas y un gran cofre de mimbre rectangular.
Le pregunté a Óscar si el anciano también nos acompañaba.
- No, el cuarto asiento era para el primo de Lurbe, pero ha fallecido en la última misión hace unas semanas.
Me dirigí al compañero y le di el pésame. Lurbe me lo agradeció con un abrazo sincero y me dijo que estaban muy unidos.
 - ¡Bien señores! ¡Esto está listo! ¿Se suben? - gritó el viejo.
¡Qué nervios pasé! Jamás me había despegado tanto del suelo estando consciente como lo iba a hacer en aquel momento. El señor mayor nos deseó suerte y cortó las cuerdas que nos sujetaban al suelo. El artefacto comenzó a elevarse lentamente a la vez que se giraba, mientras yo no podía apartar la mirada del suelo y observar cómo todas las cosas se iban encogiendo cada vez más.
Al principio la sensación era como de mariposas en el estómago, después vinieron las nauseas y a los veinte minutos me senté a disfrutar de las vistas. Menos mal que pasó aquel mareo y la angustia. Lurbe se encargaba de calentar el aire del globo y Óscar comprobaba la brújula y hacía los cálculos. Después de dos o tres horas volando encima de la nieve, pude divisar a lo lejos el fin de aquel inmenso mar de nieve. Unas grandes praderas verdes con muchos árboles de flores blancas y hojas de color rosado.
Nunca había visto hojas de color rosa y desde arriba presentaban una visión espectacular, pero ese paisaje me hizo recordar a mis niñas, las imaginaba jugando en los jardines de la casa con el incansable perro Oli ladrando a su lado. ¿Cómo estarían llevándose con Nassay?¿Estaría contenta ella de estar allí con mi familia? Cielo santo, cuantas ganas tenía de regresar con ellas y casi acababa de marcharme.
Lurbe soltó el fogón y sacó una bolsa del interior del cofre con pan, cerdo curado y zanahorias.
- Vamos a comer algo compañeros pues aún nos queda mucho camino.
Y diciendo esto, Óscar se puso a rebuscar detrás de unas cuerdas. Sacó una botella de vino y haciendo un gesto gracioso, todos comenzamos a reírnos. Disfrutamos de un buen almuerzo, entre bromas y risas, con lo que el trayecto se nos hizo más corto.

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