marzo 07, 2011

Capítulo 45 " Un bulo "

Estaba atardeciendo y hacía rato que la pradera dio paso al desierto. Advertí unas pequeñas montañas en la lejanía, fue entonces que divisé el campamento a los pies de una ladera.
Grandes barracones de madera, algunos aeroplanos nuevos y camionetas. Se podía distinguir un gran vallado, de varios kilómetros diría yo.
Una luz destellante haz de luz me daba en los ojos, era una señal. El compañero Lurbe se apresuró a coger un espejo pequeño del bolsillo de su chaqueta para devolver esas señales.

-Ya nos han visto, amigos. Preparaos para el aterrizaje.

Un ataque repentino de estornudos me sobrevino de pronto y apenas podía abrir los ojos. Óscar y Lurbe se reían de mis escandalosos estornudos, mas nada podía hacer para evitarlo, aquel gesto involuntario no se podía parar.
- Debe ser por las flores de estos árboles ¿A vosotros no os pasó nunca? - les dije enfadado.
El globo comenzó un suave descenso mientras los compañeros se apresuraban en controlar los escasos aparatos que poseía aquel cacharro, para no darnos un fuerte golpe contra el suelo.

En tierra nos esperaban varios oficiales con negros uniformes y gorros de lana que a primera vista y de no ser por sus galones, parecían simples marineros lejos del mar.
Nos saludaron al estilo castrense y a continuación nos abrazaron cordialmente a la vez que nos preguntaban cómo nos había ido el viaje, etc.
- Mayor Jarni Tracé, le presento a nuestro nuevo compañero, el teniente Daniel Blond.
- Encantado hijo, espero que se adapte pronto y cumpla con su misión.  - me dijo el Mayor agarrándome el brazo.
¿Teniente? Óscar se confundió, me degradaron de sargento a cabo, ¡nunca fui teniente!
Debía hablar con él y aclarar eso antes de que me causara problemas.
Un cabo nos acompañó a nuestro barracón, una cabaña de madera muy acogedora y con bastantes detalles.
Parecía confortable. Tenía dos literas dobles, una a cada lado de la chimenea. Un baño grande con bañera y agua caliente. Una mesa con cuatro sillas y hasta un aparato de radio, claro que allí no se sintonizaba ninguna estación emisora. Al parecer todas las cabañas eran así, un campamento de cinco estrellas. Me encantó aquella habitación, tan acojedora, con esos armarios, con perchas y todo.
Encima de cada cama teníamos los uniformes con nuestros nombres y me hizo preguntarme dos cosas.
En la cama de abajo a la derecha había un uniforme con mi nombre, pero ¿quien les dijo mi talla? y en la cama de arriba había otro uniforme con el nombre de Irene. ¿Teníamos una chica con nosotros?
Dos golpes secos sonaron en la puerta y se abrió. Una guapa chica pelirroja con el cabello rizado cruzó la puerta y dijo:
- Se presenta la sargento Irene Corsa. Voy a ser vuestra compañera mientras dure esta misión.
- Hola Irene, pasa, este el Lurbe, este Óscar y yo soy Daniel. Creo que tu litera es la de arriba. - le dije señalándole su uniforme.
Parecía una mujer bastante ruda, muy seria quizás. Aunque era demasiado pronto para juzgarla.
El sargento Lurbe comentó en ese instante que tendría que llevar por las noches un quinqué atado a su trasero, pues con aquel uniforme y su cara nadie le vería.
Grandes carcajadas se oían por toda la estancia, incluso la nueva con lo seria que parecía se desternillaba de risa.
Lurbe se puso a cambiarse allí mismo, delante de la chica y sentí algo de vergüenza por ella y solté un garraspeo fuerte para llamar su atención.
- No tengo ningún problema en ver el cuerpo de ningún hombre y menos el del sargento que está bastante cuidado.
Entonces Óscar exaltado le dijo:
- Se ve pero no se toca bonita, ¡ese cuerpo tiene dueño! ¡Que te quede claro!.
Y nuevamente las carcajadas entraron en la cabaña con la intención de quedarse, hasta que una voz salió por los megáfonos llamándonos a presentarnos uniformados.
Sin haber cenado y después del duro viaje, nos pusieron a correr por los alrededores del campamento. Para que lo fuésemos conociendo, dijeron. Cuatro vueltas a todo correr antes de la cena me sentarían muy bien.
Aquellos megáfonos iban a ser nuestra peor pesadilla. Sonaban a cualquier hora, en cualquier momento. De día o de noche, el duro entrenamiento no tenía horario.
En los pocos ratos libres, se estaba bien allí, se respiraba fraternidad. Nos divertíamos mucho los cuatro y Lurbe e Irene hacían apuestas sobre los pulsos que se echaban. Un mujer muy especial pero a la vez muy opaca, guardaba algo dentro que le daba un aire misterioso. Quizás algún día nos contaría  sus problemas.
A las pocas semanas quise irme, tirar la toalla, ya no podía continuar con esos entrenamientos, sin apenas dormir era muy agotador. Deseaba irme con mis niñas y mi bella Nassay con todas mis fuerzas.
Una mañana el mayor vino a verme y me dijo que se me había asignado piloto.
Un viejo que siempre estaba borracho, vaya suerte. Debía ir con él en misión de reconocimiento y tomar nota de todo lo que pudiese ver. Primero sobrevolaríamos el territorio a inspeccionar, para más tarde parar en las afueras y aguardar a la noche. Suponían que eran fábricas de bombas y yo personalmente debía comprobarlo y regresar con la información correcta, pues en mis manos estaba el impedir una gran guerra, terrible e inminente.
El hecho de que no hubiese vigilancia alguna en los alrededores me resultaba muy extraño. Subido a un árbol, mirando con mis prismáticos no vi nada que pareciese sospechoso.
Ya entrada la noche y seguro de que nadie se encontraba en el recinto de la fábrica, entré para ver de cerca lo que allí se cocía.
Esa era mi misión y deseaba que allí acabase. Realmente fabricaban bombas, pero de presión para el agua. Nada de explosivos, nada de armas, nada de nada. Todo fue un bulo de gentes con intereses en hacer una guerra, alguien con mucho interés en aquel tipo de conflictos.
Me di la vuelta y eché a correr hacia el avión. Desde lejos le gritaba al piloto para que arrancase la avioneta y tirase la botella que bebía de una vez.
Cuando llegué al campamento y le conté al mayor lo que vi, no salía de su asombro.
Tras aquello se mandaron tres expediciones más y todas obtuvieron los mismos resultados, no había de qué preocuparse.
Ya no tenía sentido que siguiésemos allí, entrenándonos.
De modo que al final de aquella semana, el mayor Jarni Tracé, nos comunicó que se irían sorteando las licenciaturas para que no nos fuésemos todos de golpe y levantásemos alguna duda internacional.
Tras el anuncio, todos dábamos gritos y saltos de alegría. Incluso preparamos una buena fiesta, con un escenario donde cada uno de nosotros saldría a hacer aquello que se nos daba mejor, cantar, contar historias, etc ...
Óscar salió a contar chistes, disfrazado de aún no se qué. Yo le propuse a Irene bailar y rápidamente me rechazó.
- No se bailar ¿acaso tengo cara de que me guste bailar? me dijo gesticulando con las manos.
- Bueno, yo tampoco soy bairín, tu sólo déjate llevar y todos nos divertiremos. Te lo ruego, quizás no nos volvamos a ver más.
Entonces ella accedió a regañadientes con la condición de que la dejase subirse a mis pies.
Un compañero comenzó a tocar el acordeón y nosotros empezamoss a bailar. Dimos vueltas y vueltas hasta que tropecé y me caí de espaldas en el escenario con ella encima. Se tapaba la boca a la vez que se moría de la risa. La besé en la mejilla y le pedí disculpas.  Todos nos reímos, bebimos  y nos reímos más.
Lurbe salió a contar la anécdota del burdel, en donde yo amanecí en aquellas terribles condiciones.
Al final de la noche, acabamos cada uno por un sitio, tirados por ahí. Algunas chicas sin camisas después de haberlas perdido en apuestas de cartas. El mayor acabó dormido en el ala de un aeroplano, todo fue memorable.

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